“Mientras que objetivamente estamos mejor que nunca,

Subjetivamente nos encontramos profundamente insatisfechos”.

José Antonio Marina.

Alejandro Narváez Liceras[1]*

En general,   casi todos hemos estado persuadidos por la creencia de que más riqueza, más renta y más bienes implican tener mejores niveles de vida, mayor bienestar y, en definitiva, más felicidad. Las personas que gozan de niveles de renta elevados pueden tener acceso a bienes y servicios que no están al alcance de todos y la vida en condiciones de pobreza extrema puede ser muy difícil de sobrellevar. Dicho de otra manera: La economía asume que el bienestar material es una condición previa de bienestar y felicidad, y que los cambios de ésta están estrecha y directamente relacionados con los cambios en el poder adquisitivo de los individuos.

 

Los políticos han asumido esta premisa y como consecuencia la búsqueda de más PBI  y menos inflación siguen siendo,  entre otros, los objetivos fundamentales de la política económica. Sin embargo, estemos de acuerdo, o no, con la hipótesis de que más riqueza material conlleva más felicidad, lo cierto es que numerosos estudios de la denominada Economía de la Felicidad llevados a cabo  desde los años setenta,  arrojan serias dudas acerca de dicha hipótesis.

El trabajo pionero sobre Economía de la Felicidad pertenece a Richard Easterling, que dio origen a la llamada paradoja de Easterling (1974)[2]. La importancia de su trabajo radica  en poner en cuestión la teoría tradicional de la economía que sostiene que cuanto mayor sea el nivel de ingresos de un individuo, mayor será su nivel de felicidad. Sus estudios revelan que en los países donde las necesidades básicas están cubiertas, la felicidad no aumenta conforme se incrementa los ingresos, si no que se estanca o decrece.  Asimismo, descubre que desde 1946 a 1970 el ingreso de los estadounidenses ha subido de manera significativa, pero la felicidad se habría estancado y  decrecido a partir de 1960.

 

Las revelaciones de Easterling, despertaron gran interés en el tema y tuvo consecuencias muy importantes.  Por ejemplo, hizo que las Naciones  Unidas creara en 1990  el IDH (Índice de Desarrollo Humano) que  viene a ser un indicador social estadístico compuesto por tres parámetros: La sanidad (esperanza de vida); la educación (tasa de alfabetización de adultos y la tasa bruta combinada de matriculación en educación primaria, secundaria y superior, así como los años de duración de la educación obligatoria); y el nivel de vida digno (medido por el PIB per cápita) que en gran parte se basa en las ideas desarrolladas por el premio Nobel  de Economía Amartya Sen (1998). 

 

Los estudios sobre la economía de la felicidad son relativamente recientes  y se ha  extendido rápidamente, especialmente desde que el psicólogo Daniel Kahneman obtuvo el Premio Nobel de Economía en 2002 por sus aportaciones a la teoría de la prospección, según la cual los individuos toman decisiones evaluando pérdidas y ganancias. La hipótesis de que los individuos maximizan su utilidad con decisiones racionales,  se ha puesto en duda y se ha ido aceptando que los individuos tienen información limitada, lo que condiciona su racionalidad y pueden tomar decisiones menos acertadas. En este punto la Economía se ha acercado a la psicología y dio un mayor impulso a los trabajos sobre economía del comportamiento (Behavioral Economics)[3].

 

Otro importante estudio llevado a cabo por Richard Layard (2005a)[4], señala que: “Desde la II Guerra Mundial, el aumento de la renta nacional ha generado, sin duda, cierto aumento de la felicidad, incluso en los países ricos. Pero esa felicidad adicional se ha visto contrarrestada por el aumento de la infelicidad derivado de unas relaciones sociales menos armoniosas”. Los países ricos  - sigue Layard - pueden ser más felices que los pobres, pero una vez atravesado un determinado umbral, la conexión se hace más débil y una mayor cantidad de dinero no puede comprar una mayor cuota de  felicidad.

Desde un ángulo diferente, el prolífico autor Rafael Di Tella (2010)[5], profesor de Harvard, sostiene que el desempleo es mucho más costoso que la inflación en términos de felicidad y cuestiona severamente a los bancos centrales que creen que la inflación es  más costosa que el desempleo, en una proporción de 20 a 1.

 

La mayoría de las investigaciones  sobre economía de la felicidad  coinciden en señalar, que el aumento de ingresos (o renta) de los individuos les permite disfrutar de mayores bienes y de bienes más caros, lo que les produce un aumento en su satisfacción y felicidad, pero estos logros son temporales porque según aumenta su estatus esos bienes se convierten en necesidades básicas, su posesión no reporta felicidad y su ausencia se toma como una privación. Según los estudios de Eurobarómetro “La renta no aumenta la felicidad de forma indefinida”, por tanto, la relación entre  renta y felicidad no es lineal, es decir,  que la utilidad marginal  es decreciente con la renta absoluta.

Por su parte, la Organización Mundial de la Salud  advierte que  para el año 2020, la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo, sólo superada por enfermedades cardiovasculares. En un contexto de bienestar emocional en caída libre, a nadie debiera extrañarle el boom global de libros y trabajos académicos con "recetas" para lograr la felicidad, que se nutren de estudios multidisciplinarios que van desde la sociología  hasta la filosofía hindú. Desde luego, la economía no quedó al margen de este fenómeno.

 

Cabe preguntarse si, a partir de estas revelaciones, puede justificarse una mayor intervención del Estado en economías de mercado en las que el crecimiento del PIB no parece producir mejoras significativas en la felicidad de los ciudadanos. En este sentido es interesante la opinión del presidente francés Nicolás Sarkozy (2009)[6]:"Durante años las estadísticas han mostrado un crecimiento económico cada vez más fuerte", pero paradójicamente se ve también que "este crecimiento, al poner en peligro el futuro del planeta, destruye más de lo que crea" y refiriéndose al PBI  dijo:  “Los ciudadanos creen que se les miente, que las cifras son falsas y, peor aún, que están manipuladas".  Por su parte, Joseph Stiglitz y Amartya Sen,  sostienen: si bien el PBI "no es erróneo", sin embargo, "se utiliza de forma errónea", en particular cuando aparece como "una medida del bienestar económico" y proponen el desarrollo de nuevos instrumentos de medida de la  riqueza de las naciones, la felicidad nacional bruta (GNH, por sus siglas en inglés).

El Primer Ministro butanés Jigmi Thinley, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrada en setiembre del  2010,  dijo: que en el mundo abundan preocupaciones y escasea felicidad,  por ello planteó que el  nuevo pilar de la cooperación global, el noveno Objetivo de Desarrollo del Milenio,  sea la “búsqueda consciente de la felicidad”. El profesor Jeffrey Sachs (2011)[7] en línea con la propuesta de Thinley  cree que la búsqueda implacable de mayores ingresos está conduciendo a la humanidad a una desigualdad y a una ansiedad sin precedentes, y no a una mayor felicidad y satisfacción en la vida de las personas. Sin duda, deberíamos respaldar  el crecimiento económico y el desarrollo, pero sólo en un contexto más amplio que promueva la sostenibilidad ambiental y los valores de la solidaridad y la honestidad  que se necesitan para  generar confianza social.  

A modo de conclusión podemos decir que la mayoría de investigaciones sobre economía de la felicidad, ponen en evidencia  que la influencia de la renta sobre la felicidad no es lineal ni directa. Que el dinero da felicidad hasta cierto punto. Los aumentos  de riqueza en occidente en los últimos 50 años no han tenido su reflejo en un incremento del bienestar y la felicidad, muy por el  contrario su felicidad se ha reducido, o como mínimo estancado. El PBI actual  tiene muchas imperfecciones,  no incorpora en su medición el bienestar de la población, la sostenibilidad de la economía,  la depreciación del capital natural o físico  que tiene consecuencias para las generaciones futuras y su  crecimiento  por sí sólo, no garantiza mayores niveles de bienestar.  La intervención del Estado debe tener como objetivo principal posibilitar que la gente sea más feliz, a través de políticas de mejora continua de los “controladores” de felicidad  (la salud, el empleo decente, la vida familiar armoniosa, las relaciones sociales, la educación, la vida política, la seguridad ciudadana, la libertad individual, los valores comunitarios, etc.), en vez de limitarse a maximizar el PBI o la renta percpita.



[1]  Es artículo fue publicado  en la Revista Liderazgo de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP).

[2] La paradoja de Easterlin es un concepto clave en la economía de la felicidad. Este trabajo  fue publicado en 1974 con el título "Does Economic Growth Improve the Human Lot? Some Empirical Evidence".

[3]   La economía del comportamiento estudia por qué los seres humanos tomamos en muchas veces decisiones que aparentemente no son racionales. Se basa en la teoría de la elección racional para intentar comprender mejor como aprenden y piensan, en definitiva cómo se comportan los seres humanos.

[4]  Véase Layard, R. (2005a). La felicidad:Lecciones de una nueva ciencia, Taurus, Madrid.

[5]   Clarín, 18 de octubre de 2012.

[6] Declaraciones hechas al presentar el Informe de la Comisión  presidida  por  Stiglitz (2008). El informe propone  entre otras cuestiones, el desarrollo de nuevos instrumentos de medida de la riqueza de las naciones. La idea clave de trabajo es poner mayor énfasis en la medida del bienestar de la población y no tanto en la producción económica.  

[7] El País  4 de setiembre del 2013.

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