Ahora que la crisis económica del 2008 ha quedado atrás y que el auge económico ha vuelto de forma generalizada a las principales economías del mundo (véase el informe 2018 del Fondo Monetario Internacional), los ricos están más contentos que nunca. Los precios de las empresas que cotizan en las Bolsas de Valores están por las nubes y, por lo tanto, las fortunas de sus dueños y de sus gerentes. En la cita anual del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), que acaba de clausurarse en Davos (Suiza), el ambiente entre los todopoderosos que asistieron fue de euforia: no era para menos. Pero la élite del mundo sabe que hay algo que no marcha bien, mejor aún, muchas cosas no están bien. La desigualdad creciente, la pobreza, el cambio climático, el terrorismo, la corrupción, la polarización social, los ciberataques, etc., son amenazas que ponen en peligro la recuperación económica a largo plazo.

Según el Informe sobre la Desigualdad Global 2018, publicado en diciembre de 2017, desde la década de los ochenta la desigualdad de ingresos ha aumentado en todas las regiones del mundo, sin excepción. Oriente Medio es la primera en la lista: allí, el 10% de personas con más ingresos goza del 61% de la renta nacional. En África subsahariana, del 54%; mientras que en Estados Unidos y Canadá, del 47%. En Europa, la menos desigual, ese 10% que más gana representa el 37% de los ingresos totales. El 1% de las personas más ricas del mundo ha capturado en estos casi cuatro decenios un tercio de los ingresos mundiales, mientras que al 50% de los más pobres solo ha ingresado el 12%.

Con datos de China, Europa y Estados Unidos, el 1% más rico poseía, en 2017, el 33% de la riqueza mundial, cinco puntos por encima que en 1980 (28%). El 50% más pobre, la mitad de la humanidad, nunca ha tenido más del 2% de la riqueza global durante las últimas cuatro décadas. Si las tendencias en cuanto al crecimiento de la desigualdad de la riqueza continúan, el 0,1% de la población más rica poseerá más riqueza que la clase media global para 2050. Estas son algunas de las conclusiones a las que llegan los más de 100 investigadores de los cinco continentes que han participado en la elaboración del citado informe.

Si bien el Informe no establece una pauta universal ni una regla de comportamiento homogéneo, sin embargo, las distintas velocidades de crecimiento de las desigualdades en el mundo – según los autores- se deben a las políticas públicas y al rol de las instituciones del Estado que existe en cada país. Pero en todos los casos se corrobora la tesis de Piketty sobre la regla capitalista: la falta de políticas públicas que corrijan las desigualdades conduce a la acumulación creciente y sin freno de la riqueza en manos de una élite cada vez más exigua y egoísta.

No hay Gobierno sin estadísticas, ni hay Gobierno democrático sin debate público a partir de las estadísticas. Y eso es particularmente cierto cuando las estadísticas tratan sobre la distribución de la riqueza y la renta y, por tanto, afectan a las políticas de redistribución, es decir, a los sistemas fiscales, a la educación, a la salud y a las inversiones públicas en infraestructura, etc. En ese sentido, el trabajo coordinado por Thomas Piketty (autor del libro El capitalismo en el siglo XXI), especialista en desigualdad económica y distribución de la renta, es una valiosa ayuda para analizar la situación de nuestros países y poder diseñar políticas encaminadas a combatir la desigualdad creciente.

Hoy día todo el mundo deplora la desigualdad: desde el Papa Francisco hasta el Fondo Monetario Internacional, pasando por los asistentes al foro. Resulta muchas veces difícil saber qué es lo que muchos deploran y cómo lo querrían remediar. Lo cierto es que la creciente desigualdad ha contribuido a la polarización política y a la erosión de la cohesión social en muchas economías avanzadas y emergentes. Para poner cifras a esa desigualdad, el Foro de Davos ha puesto en marcha el Índice de Crecimiento Inclusivo (ICI), que toma en cuenta los siguientes indicadores: la posibilidad de encontrar empleo, la esperanza de vida, los ingresos medios de los hogares, la tasa de pobreza, la economía baja en carbono, el peso de la deuda pública.

Han sido varios los intentos de sustituir el Producto Bruto Interno (PBI) como la principal forma de medir el crecimiento económico de los países, aunque hasta ahora todos fueron esfuerzos dispersos. Lo que propone el WEF es que el PBI sea uno más, y no el único, de los indicadores a tener en cuenta para analizar la evolución de las economías; de manera que los gobiernos sean conscientes de las deficiencias de sus políticas y les pongan remedio, para hacer así sostenibles sus democracias severamente cuestionadas.

Peligrosamente está consolidándose la desigualdad, y sus consecuencias son muy negativas para la cohesión social y el crecimiento económico. Urge, por tanto, un debate sereno, responsable y maduro sobre el tipo de sociedad que deseamos. Si queremos generar una sociedad donde la igualdad de oportunidades sea real y no un mero discurso retórico, hay que buscar soluciones concretas para problemas reales. Invertir más y mejor en educación es una de ellas.

Capacitación Especializada

banner curso agotado

Libros

book 2 narvaez

 

book 1

 

logoiiee

Número de Visitas
225980