Alejandro Narváez Liceras

Gracias a la cordial invitación del doctor Orestes Cachay, rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, acompañé durante dos semanas a un selecto grupo de estudiantes a la prestigiosa Universidad de Harvard, y fue ocasión además para visitar el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). En este breve artículo es mi propósito compartir con ustedes mis principales impresiones de esta visita.

Al conocer el MIT, uno de mis grandes deseos se hizo realidad. Ya hace cuatro años tuve la oportunidad de pasar una semana en Boston, sin embargo en aquel momento no pude visitarlo ni conocerlo por dentro. Dos semanas fueron cortas; el MIT es sin duda una universidad que no puede conocerse en poco tiempo, tiene demasiadas cosas que ver. Al recorrer sus instalaciones, a uno lo desbordan la curiosidad y las ganas indescriptibles de formar parte de él, y por supuesto no se es ajeno a una sana envidia.

En sus 156 años de vida, la misión del MIT ha evolucionado. Hasta hace cuarenta años se dedicaba a preparar a la gente para conseguir empleo, ser buen ciudadano, alimentar la revolución industrial y contribuir a la economía de los Estados Unidos mediante el avance en el conocimiento. En cambio ahora se dedica a crear conocimiento para resolver los problemas actuales del mundo, y se ha fijado para los próximos años no solo enseñar habilidades científicas y técnicas con el fin de hacer del mundo un lugar mejor para vivir, sino también educar para comprender la naturaleza humana e identificar las necesidades de una ciudad, un estado, un país.

Así, en diciembre último se llevó a cabo la conferencia The Future of People (El Futuro de la Gente). Más de treinta científicos, ingenieros, inversores, periodistas, sociólogos y emprendedores analizaron las tendencias del mundo en sus respectivos campos de investigación para imaginar cómo será la humanidad del futuro. La medicina preventiva, la ingeniería genética y la tecnología de la información serían las grandes protagonistas y las principales fuentes de progreso en el siglo XXI. Los proyectos de investigación de la universidad giran actualmente en torno a estos grandes temas.

El MIT es un centro de primer nivel, que aparece recurrentemente situado entre las cinco mejores universidades del mundo en los rankings globales más prestigiosos. No es solo una gran escuela de ingeniería, como dijo Bill Gates,  es también una gran escuela empresarial, en el más amplio sentido del término. Por sus aulas han pasado 85 ganadores del Premio Nobel, intelectuales de la talla del lingüista Noam Chomsky, del físico Richard Feynman, del astronauta Buzz Aldrin y del matemático Norbert Wiener.

Las clases son dictadas por docentes de excelencia, porque creen que los alumnos deben aprender de los mejores desde el primer momento en que pisan el campus universitario; por ello, Eric Lander, padre del Proyecto Genoma Humano, dicta Introducción a la Biología. La relación es de ocho alumnos por cada profesor. Los docentes enseñan, siguiendo el ejemplo de sus propias vidas,  el “instinto” para la investigación de primer nivel, la curiosidad disciplinada, la creatividad irreverente y la eterna capacidad de perseverar.

“Mens et Manus” (“Mente y Mano”) es el lema que refleja los ideales educativos del MIT, el cual promueve esencialmente la educación para su aplicación práctica y el aprender haciendo. En sus aulas se respira un ambiente muy competitivo en el que los estudiantes tienen que aprender a trabajar en equipo. Está demostrado que el poder del cerebro humano trabajando colectivamente es enorme, es la forma como se resuelven los problemas en el mundo real. Este modelo de aprendizaje presencié en una clase de física del profesor Peter Dourmashkin sobre las tres leyes de Newton.

Desde que el venezolano Rafael Reif, actual presidente (equivalente a rector), asumió la dirección de la universidad en el 2012, se enarboló en el MIT la bandera de la diversidad y de la colaboración internacional: hay personas de 152 países, casi un 80% de las naciones del mundo están representadas, a diferencia de otras universidades que incentivan la homogeneización. Es una universidad cosmopolita, donde funciona la convivencia entre razas, culturas e identidades diferentes, porque estudiantes e investigadores trabajan en proyectos que son más grandes e importantes que ellos mismos.

De los actuales 11 000 estudiantes (entre pregrado y posgrado), unos 3800 son internacionales. No se conoce la cifra exacta de peruanos que estudian en el MIT; no obstante seguimos de cerca a Christian Altamirano Modesto, joven huanuqueño de 18 años, campeón mundial de Matemáticas 2015 y merecido becario de esta prestigiosa universidad.

No existe una fórmula para ser aceptado en el MIT. El proceso de admisión no sigue ningún criterio económico. La universidad busca estudiantes con personalidades fuertes, con talentos que sobresalgan de la media y con la agudeza suficiente para aprovechar cualquier oportunidad. Como sostiene su presidente: “es atraer a las criaturas más inteligentes del planeta. A aquellos que tienen mucho y nada en común al mismo tiempo, talentosos e inherentemente apasionados. No a los populares, sino a los niños diferentes, los que se divierten viendo cómo funcionan las cosas”. Un 56% de los alumnos reciben beca.

Estoy convencido de que los jóvenes sanmarquinos, después de haber visitado el Museo de Ciencias y el Media Lab del MIT, fundado por Nicholas Negroponte, autor del proyecto Una Portátil para cada Niño, y donde se inventan las cosas más increíbles,  luego de haber escuchado las clases de investigación aplicada del Dr. Anas Chalah, en Harvard University, y después de haber visitado entornos estimulantes de aprendizaje jamás visto por ellos, han vuelto a la universidad con las maletas llenas de nuevos conocimientos, con nuevos bríos y muchas ganas de “comerse el mundo”. No tengo ninguna duda. Confío en ellos.

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