En todas las ciudades hay enormes cloacas, que sabemos están aunque no bajemos a ellas. La vida cotidiana de la gente produce desechos putrefactos, aunque no queramos verlos ni olerlos. Y la actividad económica también tiene sus propias cloacas y su lado oscuro. La corrupción, el narcotráfico, el fraude fiscal, la trata de personas, la economía informal ajena al control del Estado, el blanqueo de capitales, el uso de información privilegiada, la piratería, la doble contabilidad, el nepotismo, los lobbies, el tráfico de influencias, etc. son algunos ejemplos de excrementos que discurren por las cloacas de la economía negra. A nivel macroeconómico, hay casos donde las cloacas engullen barrios y pueblos enteros, incluso países.

Ese lado oscuro y opaco de la economía, ha pervertido la política, la justicia, la realidad económica, las prácticas sociales, las acciones del gobierno, el mundo del trabajo, los fines y los modos de vida cotidiana de la gente, y a su vez ha engendrado una clase rica hecha en la penumbra y al margen de la ley, empeñada en controlar la política y los principales espacios de poder, poniendo en peligro la supervivencia de nuestra débil democracia.

Un país sólo puede prosperar sobre la base de la confianza de sus ciudadanos y de sus socios económicos y comerciales del exterior. La confianza es una condición esencial para que las instituciones funcionen adecuadamente. Ellas son la única garantía que tenemos para que nuestro modo de vida no se escurra por las cloacas de la economía. La desconfianza no es rentable para el país. La “falta de moral”, tiende a paralizar la economía, debilita su crecimiento, por cuanto, desmotiva la entrada de capitales foráneos al país y la participación de inversores locales.  

Varias investigaciones revelan que, un país corrupto podría tener niveles de inversión hasta 5% del PBI menor que países sin corrupción, lo que se traduce, a su vez, en pérdidas de crecimiento de la economía a largo plazo de 0,5% por año. Y lo más grave, la corrupción distorsiona la asignación del gasto público porque los gobiernos corruptos gastan más en infraestructura física y menos en educación pública, es decir, se desincentiva la formación de capital humano, con lo cual se reproduce y consolida la desigualdad social.

Cada modelo o ideología económica conlleva ciertos valores éticos y, en ese sentido, propicia o dificulta determinadas conductas humanas. El modelo económico neoliberal que magnifica la “mano invisible del mercado” y minimiza el papel del Estado, se presta más para que las sociedades devalúen sus normas éticas. El culto al dinero, la codicia, el egoísmo y la insolidaridad, son algunos rasgos observables de un desarme moral de la sociedad capitalista. Decía el viejo Keynes, hace más de ochenta años, “la avaricia es un vicio, la aplicación de la usura, una fechoría y el amor al dinero, detestable”.

No es mi intención en este breve artículo hacer   una proclama moralizante, porque ni están los tiempos para aguantar encima sermones, ni yo soy quien para darlos. Sin embargo, después de estar vinculado cerca de 20 años a instituciones públicas y privadas de cierta relevancia, puedo decir con certeza, que si bien “la falta de moral”, las prácticas perversas y toxicas de ciertas personas, están ganando terreno peligrosamente, también es verdad que he visto y conocido funcionarios públicos, empresarios privados, ciudadanos de a pie, que se resisten a ser atrapados por la corrupción, la codicia, el afán de lucro y defienden con firmeza sus principios y sus valores. El juez Carhuancho, el fiscal José Domingo Pérez, el procurador Amado Enco son vivos y buenos ejemplos de lo dicho.

La corrupción (sus perversas consecuencias) es, un problema de Estado. Atajarla, evitar su avance, es tan importante como garantizar el bienestar de los ciudadanos. Evidentemente es un fenómeno complejo y tiene muchas aristas. Los países más exitosos en su lucha contra este flagelo han seguido distintas estrategias, aplicaron medidas severas y ejemplares, principalmente a los delincuentes de “cuellos blanco”, pero el antídoto más efectivo ha sido la educación de calidad como política de Estado.

Libros

book 2 narvaez

book 1

 

logoiiee

Número de Visitas
274462